Maratón Zurich 2012 de Barcelona

Es un reto en sí mismo no conocer el reto.

Así resumiría mi carrera en la Maratón Zurich 2012 de Barcelona. Literalmente, día y medio antes de la carrera, tuve la posibilidad de conseguir un dorsal para los 42 eternos km. Sin entrenamiento previo específico, y con 28km como distancia máxima conseguida meses antes, decidí por esos mismos motivos de locura, correr la Maratón. Tal y como me jactaba siempre: “un día me despertaré, correré una maratón y ya está; un día cualquiera”.

La inconsciencia que me inscribió en semejantes condiciones, fue la misma que, contra toda indicación, provocó que corriese los primeros 25km a un buenísimo nivel. Tan bueno como un ritmo de media maratón, distancia a la que estaba acostumbrada. La primera parte de la carrera terminaba mentalmente en el km 28. A partir ahí, un amigo se uniría para tirar de mí. Solo tenía que llegar al km 28 y empezar otra carrera.

La carrera que empezó a partir del km 28 fue radicalmente diferente a la primera. Entre otras cosas, me relajé y andé. Caminé unos metros mientras me conseguían un agua que necesitaba urgentemente (llevaba varios kms necesitándola). Retomé el ritmo permitiéndome algún cambio de ritmo semi sprintando que mis piernas no aguantaron. Volvía a caminar. La cabeza estaba ida y las piernas respondían cada vez menos. Notaba músculos de los que desconocía su existencia moverse pero aguanté.

Aguanté hasta la recta de Paral·lel. Siempre me resultó pesada en los entrenamientos. Aburrida. Sosa. Su ligera pendiente engaña en grandes distancias. Ahí fue donde me rompí. Donde se subieron ambos gemelos a la vez. Donde tuve que estirarme unos momentos en la calle. Los gritos a continuación fueron: “¡Ahora no!” seguido de “¡No me toques!” mientras me intentaban ayudar. La única cosa que tenía clara en mi mente es que iba a terminar la carrera de cualquier forma. Me calmé. Estiré ligeramente. Y con ayuda me puse en pie. Terminé la carrera a un trote de risa. El dolor que sentía en cada pisada y la incertidumbre de saber si ‘sería la última’ antes de volverme a romper me mantuvo en vilo el último km.

La festividad que envolvió la carrera, la diversión y el espíritu de corredores y espectadores eclipsó cualquier gloria que sintiera al terminar. Recuerdo que al terminar se me cruzó por la cabeza:  “and now what?”

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